
Había una cola. Siempre había una cola. Llegabas al ciber del barrio a las siete de la tarde, después de clase, y el chaval de la barra te apuntaba en un papel con el boli mordido de turno: eras el séptimo para una máquina libre. Mientras esperabas, te plantabas detrás de un desconocido a verle plantar la bomba en Counter-Strike, y nadie consideraba eso raro. Era el procedimiento. Por aquel ordenador, en La Ciberteca de Madrid, llegaron a cobrarse 750 pesetas la hora, que para 1995 era un dineral (el equivalente a unos 9 euros de hoy día) por sentarte delante de una pantalla. Y aun así, había cola.



