
El sonido era inconfundible. Una mezcla de pitidos electrónicos, fichas cayendo en bandejas metálicas y la voz de algún quinceañero pidiendo cambio en la barra. En cualquier bar de España entre 1980 y 1995 había, como mínimo, una máquina recreativa enchufada en una esquina, normalmente al lado del futbolín o de la máquina de tabaco. Y la moneda que la alimentaba, durante casi dos décadas, fue una sola: la rubia, la pesada, la inconfundible moneda de 25 pesetas.